sábado, 21 de marzo de 2009

¿Cómo es la responsabilidad y el deber de un revolucionario frente a los sentimientos personales y sociales visto desde la concepción japonesa a travé

REFLEXIÓN SOBRE TEMA NO FILISÓFICO
NOMBRE: Sebastián Moreno Quimbay
Material: Escena final capítulo 31 “A wish for requite”, Serie Ruroni Kenshin: un espadachín en el romanticismo japonés.
¿Cómo es la responsabilidad y el deber de un revolucionario frente a los sentimientos personales y sociales visto desde la concepción japonesa a través del argumento central de la serie Ruroni Kenshin: un espadachín en el romanticismo japonés?


Dentro de la sublime crisis por la que transitaba Nipón, se encontraba un andante e ingenuo vagabundo; andaba sin prisa alguna, dependiendo nada más que del vaivén del universo. Transitaba sin pesar alguno por la mística tierra que yacía a sus pies, descuidando por completo el inmenso sentir social. ¿Quién era este sujeto? Se interrogaban sin cesar, obviando enteramente la trascendencia de su actuar. El hidalgo vagabundo escondía en su pensar la cruenta historia que jamás se ha podido contar. De calmado espíritu era, sin propiciar daño ni siquiera a una mosca, hombre del común parecía, pues siempre transitaba sin afán alguno, y brotaba de sus labios la más reconfortante sonrisa. Ocultaba en su actuar una pasión llana de emoción, pues en un pasado propició la más temible vorágine del clamor de un pueblo. Era pues, en tiempos remotos, el ser más temible de la civilización japonesa. Contemplaba en su ser la existencia de un destajador, que flamantemente luchó por una nueva restauración. Asesinó sin piedad alguna a todo hombre, mujer y niño antepuesto en su camino; solo tenía en mente la liberación de su deteriorada sociedad. Aliado a los nacionalistas –patriotas- luchó, pues salvación observó en la restructuración de su quebrantado gobierno. Dio muerte al Tokugawa Nipón, dando vida desde sus cenizas al Gobierno Meijí. Culminó esta dolorosa pasión cuando dicha restauración se cumplío, dejando atrás su esencia como funesto asesino, prometiendo como aderezo que de sus manos jamás se volvería a precipitar otra valerosa alma a los soñolientos cielos.
Contados 10 años, en el onceavo de la revolución, el reinsertado asesino profirió visitar la creciente y próxima capital del Nipón, conocida en estos días como la soleada Tokio. Allí se encontró con su candente destino, pues encontró su necesitada afección en la compañía de una hermosa joven, propietaria de un pequeño dojo, quien en mismas condiciones se encontró. No en el ámbito destajador, sino en la búsqueda de un amado ser –familia no tenía, pues defunción presentaron en la transición del Meijí-. Caso ocurrió que entre los dos un fuerte lazo apareció, no sé si de amor se trató, pero sé que afecto existía. La hermosa pareja se constituyó por la damisela Kaoro Kamilla y el vagabundo Kenshin Himura.  
Gran cuestión surgió cuando un movimiento nuevo se consolidó, que amenazaba con funesta tensión todo lo logrado por la naciente nación. El andante espadachín viendo frustrado su situación, marchose en busca de solución dejando atrás su armoniosa relación. Su despedida fue dolorosa para los dos, y es aquí de donde la responsabilidad y deber en el sentido humano sacaré para analizar. Aquí yace mi penitencia:
Escena final capitulo 31: “Un deseo por corresponder” (A wish for requite)
Momentos de crisis se avecinan; en un amargo problema se encuentra el antiguo destajador, no sabe como corresponder a su actuar y mucho menos responder a su corazón. Es eminente el cambio en su nación, y con más contrición de su pasión, consciente está de que sus logros se esfumarán. En su interior el deseo es inquebrantable, ceder no quiere frente a las adversidades. “Hay que hacer algo”, replica en su interior, pues no quiere ver perder sus esfuerzos por una errada concepción. “¿Qué debo hacer?”, es su cuestionable condición, “¿irme y batallar por lo construido por mi con anterioridad o quedarme aquí con ella, donde finalmente logré felicidad?”. Dura dualidad encontró, pero su deber lo llamó.
Como un niño responde al llamado de su madre, el joven espadachín escuchó el auxilio de su patria. Es el atardecer de la nueva era, de apenas 11 años. Es el deber de ciudadano quien se presenta frente a sus visionarios ojos. 
El espíritu de revolucionario se presenta como una necesidad innata a la sociedad, donde el profundo sentir humano se convierte en nada frente al requerimiento de prosperidad. Se trata de un emprendimiento de vida, de cuerpo y mente, entregando todo el haber y todo el poseer de la existencia humana, para lograr el tan esperado bien, que en tantas ocasiones se ha convertido en una utopía mas del género humano. No más, grita el ultrajado; ahí voy, proclama el revolucionario. Queda el espíritu de cambio en todos aquellos seres inconformes con la realidad, que alcanzan de distintas formas a idealizar los factores que arrasan con el tejido humano. El cambio es impajaritable, resuena en la sociedad, puesto que de una u otra manera todos los hombres de una sociedad presienten la opresión impuesta por un régimen determinado. 
Pero, ¿Cuál es entonces el deber y responsabilidad de una persona con ansias de cambio? No tan confusa es la respuesta planteada por el antiguo destajador. En sus andantes reflexiones formuló un actuar con dulces fechorías; es Kenshin la viva imagen del profundo sentir inconforme del humano. Necesidad ve de calmar tan desesperante situación; no importa cómo, ni qué pasará con su paradójica vida, solo se preocupa por un bien amado, con suma grata repercusión en el entrañable Nipón. Sólo se ve interesado por la prosperidad de un futuro; es burdo para él anteponer su bienestar, pues sabe en su interior que su vida es un grano de arena frente a la inmensidad de un complejo humano, como se evidenciaba en la violenta era. 
Su sentir se convierte en un obstáculo para la misma nación, por esta razón deja atrás la felicidad que con arduo trabajo le tocó conseguir. Pobre de su amada Kaoru, quien al fin de cuentas es la que más sufre con tan dolorosa decisión. Sabía Kenshin el dolor provocado a la doncella, pero consciente estaba de la dura situación ocurrida. Renunció pues a su vida, no tenía más opción, el adiós era eminente. Su decisión era pues la renuncia a su felicidad, y más gravemente aún a su compromiso de no volver a derramar sangre, pues regresar a luchar por dichos ideales suponía devolverse a sus instintos más salvajes.
Supónese entonces que un guerrero de cambio está por cambiar la situación del medio. Conlleva a una responsabilidad de entrega total para la sociedad. La situación individual de cada cual no trasciende en el medio, pues el sujeto se encuentra allí porque de corazón siente la necesidad de buscar un bien mejor; es su deber, su sentido de la existencia; es como tal el amor al prójimo, desprendiéndose de todo hedonismo posible. El ser revolucionario según Himura implica el acto más bondadoso de todo hombre: dar su vida por los demás sin nada a cambio; no obstante, supone el fin de la integridad humana a final, pues en muchas ocasiones dicha iniciativa se convierte en un todo posible, inclusive llegando a obviar la dignidad del hombre, pues se convierte en un maquiavelismo, donde no importa sobre quien se imponga, solo es trascendente el ideal. Esta distorsión es lo que lo llevó a convertirse en un pasado un asesino.
Sin embargo, la responsabilidad de kenshin no se limita solamente con la sociedad. Desde que Kaoru lo acogió en su casa sin ningún problema se ve enfrentado a responderle a ella sobre su comportamiento, y más aún cuando le confiesa que no le importa su pasado, sino lo que es frente a ella: un vagabundo de nobles intenciones. La emoción de la escena es tan fuerte por tal motivo, puesto que supone el desprecio y la indiferencia del hidalgo; no hay un buen aprecio por los obras de Kaoru, quien en su interior está netamente enamorada de él pocos instantes después de conocer quién era realmente. Pero no todo es caos, en este sentido. Reconocía Kenshin en su interior las bondades de Kaoru, de cierta forma; la forma en cómo se despidió es muestra clara de lo anterior. Su despedida fue en el momento propicio, una noche de luciérnagas, añorado por ella desde que se conocieron, lo que a su vez le coloca un aderezo de sentimentalismo romántico. Incluyese también un abrazo símbolo de afecto superior, que visto dentro del concepto oriental era plenamente inconcebible; ese abrazo significó el enorme estado de felicidad que sintió por aparecer en su vida, palpó la felicidad por lo menos unos cuentos meses, suficientes para cambiar la concepción de su vida, pero aún así su deber lo llamaba. Este era pues el fin de su encuentro.
Con fuerte melancolía era esta actitud del vagabundo la misma propiciada por un joven cuando sale de su casa en búsqueda de un nuevo mundo, naciente por explorar. Representa Kaoru ese seno maternal que acoge fuertemente al humano desvalido, sin importar las duras condiciones que en su presencia se le encaran; es ella ese útero esperando a ser ocupado por una naciente vida, en el dicho caso es el joven espadachín con una nueva visión de la vida, renacido de las tinieblas que oprimían el desarrollo de una armoniosa vida. Era este pues un ser humano totalmente nuevo, optimista y pasajero, un bebé en el Meijí gobernante, acogido desde luego por una mujer de risueños. Por su puesto aguarda entonces un deber sin reniego, donde debe metafóricamente toda su existencia, pues como un ensueño, cada cual devuelve sus recibidos favores, y más aún de cuando maternidad se trata. Como tal el marcharse significa dejar atrás sus raíces más puras, aventurándose a lo que el destino le prepare; su amor siempre quedará ahí sin importar lo acontecimientos venideros, sin embargo debe cumplir con las leyes de la vida, y satisfacer su cometido con el llamado del Estado.
Pero esta no era la totalidad de la razón de su nefasta huída. Los seres humanos como Kenshin con un oscuro pasado, poseen en su interior un vertiginoso actuar; el ser inconcebible de tiempos remotos todavía aguarda en sus profundas entrañas. Es miedo lo que siente, porque sabe que en un tiempo determinado puede de su interior brotar el cruento asesino que infundió temor en los tiempos del Edo, pudiendo dar fin a todos sus queridos seres cercanos, dando a su vez muerte a todo lo logrado en su interna lucha. Es un medio de protección lo que sagazmente realizó, pues temía acercarse más a la bella kaoru, pues más dolor encontraría si le ocurriese algo. Es entonces el ser de espíritu cambiante un hombre reservado, que consciente está de las repercusiones que se pueden ocasionar por su flamante culpa en sus seres circundantes; es el dilema del erizo lo que siente, pues cada hombre percibe un dolor cada vez más agudo al acercase al corazón de las personas cercanas, acentuándose mayormente cuando se es consciente que quien verdaderamente entierra las púas es el mismo ser que siente el funesto temor.
¡No te vayas de mi vida!, es el profundo sentir de Kaoru, mas todo sería en vano si intentase detenerlo. Como mujer en una sociedad conservadora, el guardar sus réplicas es su acción más pura y prudente. Acata las normas lo mas pulcramente posible, pues es su deber como mujer callar frente a las adversidades. Detenerlo no es admisible, porque la decisión ya se ha tomada; es su responsabilidad y deber dejarlo escabullirse en su propio destino. El callar es eminente, la mujer con responsabilidad acepta sin oposición alguna, pues el deber como hombre es prioritario; aunque de su corazón broten mares de lágrimas.
En conclusión, del ostentoso y desconocido Nipón, la responsabilidad del ser revolucionario radicará, en especial, en la búsqueda de un bien por toda la comunidad. Un maquiavelismo inicialmente será; con tal de que la sociedad esté en su respectivo lugar. No importa ya el sentir personal, pues para la sociedad es mejor sacrificar una valerosa alma que un millar. Este es el palpar del ser con ansias de cambio, ya no importa su ser, pues solo contempla el optimista futuro, todo porque en su interior sentirá el candente amor por su sociedad. El lograrlo es lo esencial, interés poco hay en saber cómo se llegará. Lo importante es triunfar frente a la adversidad, el medio es sólo un estorbo más. Con dolor en el alma, la vida humana no trascenderá pues la lucha se impondrá frente a la rivalidad. Esto a fin de cuentas es el recital que en el romanticismo japonés se cantó, donde el ideal prevaleció frente al sufrimiento de todos los demás.
Pero este sentido de responsabilidad no termina acá, pues el revolucionario también sentirá un deber innato, palpado exclusivamente con aquellos que comparte relatividad. El amor será deber inicial, y corresponder a él la responsabilidad primordial. Aunque mucho cueste, la familiaridad indicará el tope culmen del clamor humano, pues a sólo ellos este personaje deberá devolver todos los dones recibidos de su hermosa relación. Y en especial debo anunciar a los desinteresados actos de la feminidad, con énfasis tal en los gestos de la maternidad, pues a sólo su madre un hombre asistirá cuando en cuestiones de debilidad se ha de encontrar. Necesaria no es identificar a mamá como el ser biológico que luz dio a cualquier ser humano, madre es cualquier ser que en disposición de amor y serenidad se somete a la protección de todo aquel ser inferior. Esta condición es lo que definirá la responsabilidad del revolucionario ser cuando se sublime a cualquier mujer, puesto que ella le propiciará, si existe el amor, todo el cuidado y afecto esencial que todo hombre reclama para la armonía de su desarrollo. 
No obstante, como deber tiene frente a la sociedad, el nido debe dejar, para así culminar con la ilustrante labor para el bien alcanzar.
  Bibliografía:
• "Rurouni Kenshin : Meiji Swordsman Romantic Story"; Nobuhiro Watsuki, dirigida por Kazuhiro Furuhashi, Studio Gallop, 1996
• "Rurouni Kenshin: Meiji Swordsman Romantic Story"; Nobuhiro Watsuki, dirigida por Kazuhiro Furuhashi, Studio Gallop, Capítulo 31 "A wish for requited"; 1996.
• http://en.wikipedia.org/wiki/Rurouni_Kenshin#Anime
• Libro: RYOTARO, S; "Rurouni Kenshin profiles"; Primera edición; San Francisco CA; Editorial Shonen Jump Viz Media; 2005.

1 comentario:

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